Descarta lo gratis primero
Antes de pensar en averías, revisa lo que no cuesta nada. Neumáticos con presión baja aumentan la resistencia y el consumo de forma notable. Una baca o un cofre de techo puestos todo el año disparan el gasto por aerodinámica. Y el propio estilo de conducción pesa mucho.
También el uso: mucho trayecto corto en frío, atascos y aire acondicionado a tope suben el consumo sin que haya ninguna avería. Encájalo antes de buscar culpables mecánicos.
Mantenimiento atrasado
Un filtro de aire muy sucio ahoga el motor y sube el consumo. Bujías gastadas (en gasolina) empeoran la combustión. Un aceite pasado de intervalo aumenta el rozamiento interno. Todo eso, que es mantenimiento normal, encarece cada kilómetro.
Ponerse al día con filtros, bujías y aceite es a menudo la solución más rentable a un consumo que ha ido subiendo poco a poco.
Cuando avisa un sensor
Si lo anterior está descartado, entran los sensores que gestionan la mezcla: una sonda lambda que mide mal, un caudalímetro sucio o un sensor de temperatura defectuoso pueden hacer que el motor inyecte de más. Suelen encender el testigo de motor.
En diésel, además, inyectores en mal estado o problemas en el sistema de alimentación disparan el consumo y a menudo el humo negro.
El orden correcto
La estrategia eficiente es ir de lo gratis (presión, conducción, quitar la baca) a lo barato (filtros, bujías) y solo después al diagnóstico de sensores. Cambiar piezas a ciegas por un consumo alto es la vía más cara.
Cuando el diagnóstico confirma un sensor concreto, el recambio de desguace de un centro autorizado es una alternativa razonable para esos componentes electrónicos.